El bullicio se asoma desde afuera,
la ventana está pálida sobre el tul.
La voz del viento
que recorre las calles estrechas de París,
parece perfumar la ciudad
con la frescura de esta primavera.
Que lejos quedo el hogar de mi infancia,
en este Elíseo que soñé desde siempre.
Desde lo alto,
veo esa carpa verde y frondosa
que cae sobre el patio
y se apoya en las rejas exquisitas,
los balcones llenos de geranios multicolor,
avisan las primeras olas de calor.
La hiedra que trepa los muros,
simulando buscar el cielo,
se acerca a mis manos,
queriendo invitarme en su travesía.
La cuarta puerta
hecha de madera antigua desde le Clef
me abrigara esta noche,
y esas blancas sabanas sobre mi piel,
saben frías. como una comida sin sal.
Las calles que otrora imagine distintas
se me presentan familiares,
como en mi antiguo Montevideo,
y este pequeño bar a la vuelta de la esquina,
deja escapar los sonidos inconfundibles
del violín y el bandoneón
que suenan sin pausa, en una mezcla del ayer y el hoy.